Weaving Traditions in Puerto Rico

Tejiendo Tradiciones

Por: Soraya Serra Collazo

 Maguey y Hamaca son dos voces antillanas que van de la mano. Ambas tienen múltiples usos. De la savia del maguey se elaboran bebidas y una sustancia jabonosa; de sus raíces, remedios medicinales y de sus hojas, comida y fibras. La hamaca es cama, mecedora, columpio,  camilla, mortaja, silla, espacio de juego, mueble, espacio de meditación y objeto de colección. Ambos son parte de nuestras tradiciones y se entretejen formando una cohesión indivisible.[1]

¿Qué sabemos del maguey?, ¿Qué sabemos de la hamaca?, ¿Cómo se tejen sus historias?, ¿Quién las recuerda?, ¿Quién las teje?, ¿Quién las olvida?  

Tejiendo Tradiciones documenta el trabajo de una tejedora de hamacas de maguey que aún en el siglo 21 las recuerda y las teje. Doña Esmeralda (Leonarda Morales Acevedo) comparte su sabiduría ancestral para hilarla en nuestra memoria.  Exploramos el origen de estas tradiciones que se tejen, su permanencia en la memoria y cómo las presentan algunos artistas puertorriqueños en sus obras. En esta exploración se han entrelazado la ciencia, la historia, la antropología y el arte para crear una cabuya larga que continuamos hilando pues no queremos encontrarle el final. Compartimos nuestras experiencias para invitarlos a hilar y seamos cómplices en lograr que esta tradición nuestra continúe tejiéndose con las manos y en la memoria.

El Maguey 

Maguey es una voz que surge en la Antillas, utilizada para nombrar un tipo de planta monocotiledónea perteneciente a la familia Asparagaceae (anteriormente Agavaceae),[2] que son nativas de América con algunas especies endémicas de las Antillas Caribeñas.  Se encuentran más frecuentemente en México, el sur de Estados Unidos y en las Antillas (Rogers 2000). Existen varias especies de maguey con fibras fuertes en sus hojas que son clasificadas como plantas textiles (Acevedo-Rodríguez y Strong 2005: 116). Entre ellas se encuentra la Furcraea tuberosa, de color verde intenso, hojas muy largas con una espina grande en la punta y otras más pequeñas en los bordes de la hoja. Su Inflorescencia en una espiga erguida y de gran tamaño[3] que sale del centro de la planta, las flores son de color verde/blancuzco pálido y las semillas son pequeños bulbos aéreos. Nativa del Caribe, se  ha reportado para varios pueblos de la isla de Puerto Rico incluyendo Vieques y Culebra además del pueblo de San Sebastián (Acevedo-Rodríguez y Strong 2005). Esta es la especie que utiliza Esmeralda en el pueblo de San Sebastián para extraer fibras.  Le toma mucho tiempo en florecer y en ese momento la fibra, que  se esconde en las hojas, está en su momento  ideal para convertirse en cabuya. Su hoja es rica en fibra y al raspar/eliminar la epidermis de la hoja aparece un grupo de fibras blancuzcas y fuertes. Después de lavadas con agua estas fibras se hilan para crear un cordón o hilo que pude tener varios usos, entre ellos convertirse en hamaca en las manos de artesanos diestros.     

Esta especie es nativa, pero también cultivada, en particular de la isla Española aunque su identidad también aplica tanto a plantas de las Antillas mayores como de las menores (Acevedo-Rodríguez y Strong 2005). Es muy probable que algunas especies de plantas de maguey hayan sido introducidas a las islas caribeñas por los primeros habitantes de esta región para ser cultivadas, posiblemente desde Centro América (Rogers 2000).

La evidencia arqueológica recuperada en las regiones que hoy conocemos como México y el Suroeste de los Estados Unidos demuestra el uso del maguey como fuente  de fibra y alimento para los primeros habitantes de estas regiones (Teague 1998; McClung de Tapia et. al s.f.; Zizumbo-Villareal et al. 2009). Por lo efímero de estos elementos orgánicos y las condiciones ambientales de los climas tropicales no se ha reportado restos de maguey[4] en la evidencia arqueológica para el Caribe.[5] No obstante se han elaborado hipótesis sobre el uso de raspadores de concha recuperados en la isla de Barbados que bien pudieron haber sido utilizados para la remoción de la capa superior (epidermis) de la hoja de maguey en el proceso de extracción de fibras (Rogers 2000). Otra evidencia importante es la mención en las primeras crónicas para el Caribe del uso de fibras de maguey, como Fernández de Oviedo, quien habla de hamacas de maguey en su relato de 1526 (citado en Rogers 2000). El hecho de que algunas especies de maguey sean nativas de las Antillas, que otras especies de la planta hayan sido introducidas y cultivadas en el Caribe por sus primeros habitantes; la presencia de herramientas en el contexto arqueológico que pudieron haber sido utilizadas en el procesamiento de las hojas para la extracción de fibras; la mención del uso de maguey en las primeras crónicas para la región; y su uso aún en el siglo 19, 20 y 21 por varias generaciones de hamaqueros, nos demuestra la larga trayectoria de esta tradición en el Caribe.     

El proceso para la extracción de sus fibras[6] comienza con la recolecta de las pencas (hojas); estas se segmentan a lo largo del borde lateral de la penca para eliminar espinas y prepararlas para el próximo paso; se extrae la fibra de su interior eliminando la epidermis o capa superior de la hoja amarrando un segmento de penca a una soga o cabuya y halando con fuerza; se raspa con un cuchillo esta fibra para terminar de eliminar fragmentos de epidermis de la hoja; se lava para eliminar la sustancia jabonosa que tiene el maguey; y finalmente se tiende la fibra para secarla.   

Esta fibra que se extrae del maguey ha tenido variedad de usos. Además de hamacas se hacían con ella escobillones, cabuya y soga. Diversas variedades de agave se introdujeron a varios países, entre ellos Filipinas, para crear una industria de fabricación de sogas, que según el Departamento de Agricultura y su Autoridad para el Desarrollo de la Industria de Fibras, permaneció muy fructífero desde el 1909 hasta el 1951 con Japón como uno de sus mercados más importantes. Entre el 1950 y 1970 la demanda por la fibra disminuyó grandemente en Filipinas y la industria disminuyó pero no desapareció. Aún hoy existen agricultores que suplen la materia prima a la pequeña industria de maguey. En esta industria filipina del maguey se fabricaba cordón, sogas, redes de pesca, hamacas y alfombras (Departamento de Agricultura de Filipinas 2011). México, donde se ha utilizado desde tiempo pre-coloniales, es hoy productor de bebidas y fibra de maguey, esta última está siendo rápidamente desplazada por fibras sintéticas (Feinman, Gary M. et al. 2002).

Aún falta por investigar si se cultivó maguey con este propósito en Puerto Rico. Recuentos de una feria de 1860 indica que Francisco Carrera, de Juana Díaz, se encontraba exponiendo hilo de maguey teñido de colores.[7] Una foto encontrada entre la documentación de la Puerto Rico Reconstruction Administration, que está identificada como de una “exhibición en una escuela Vocacional Rural”, muestra productos hechos con maguey.[8]  Estas fibras tenían que provenir de algún lugar. Barrio Magueyes en Ponce y Barceloneta, Barrio Maguayo en Dorado, Punta de maguey en la Isla de Culebra, Cerro magueyes en Guaynabo, e Isla Magueyes son parte de la toponimia que refleja la presencia de maguey en Puerto Rico  ¿Desde cuándo se comienza a reportar en las ferias locales el uso del maguey? ¿Sería esta una industria que existió también en Puerto Rico? ¿Existió suficiente demanda de fibra de maguey  en el siglo 20 por parte de las escuelas que la utilizaban en sus cursos vocacionales o por artesanos como para fomentar la creación de una industria de extracción de fibra de maguey? Son preguntas que aún nos quedan por explorar.  

La Hamaca

Los textiles están intrínsecamente ligados a la historia de la humanidad.  Desde el paleolítico los humanos nos hemos visto en la necesidad de entrelazar fibras (Galligan 2010) para crear canastas de carga, vestido, cuerdas de amarre y otra gran diversidad de objetos utilitarios.   Tanto la materia prima utilizada como las formas de entrelazarlas son igualmente variadas. Muy poco conocemos de los textiles del Caribe y mucho menos de los que realizaron los habitantes de la región en el periodo pre-colonial. De las pocas tradiciones textiles que han llegado hasta nuestros días se encuentra el tejido de hamacas.   

La hamaca es una invención de los indígenas de América, tejiéndose principalmente en Sur América, Centro América y las Antillas Caribeñas (O´Neale 1949). Los cronistas españoles las describen por primera vez para el mundo occidental al observarlas en las Antillas. Las Casas en su Historia de las Indias ofrece una descripción detallada de las hamacas y la manera en que estas se tejen; Cristóbal Colón también hace referencia a ellas en sus diarios (citado en Serra, 2004: 31-32). Como ya mencionamos, Fernández de Oviedo habla de hamacas de maguey en uno de sus relatos (citado en Rogers, 2000: 228).

En esta tradición de tejer hamacas que ha perdurado en Puerto Rico se destaca el pueblo de San Sebastián como el pueblo hamaquero por excelencia y al barrio Robles como la cuna de la hamaca. En efecto hay varias familias hamaqueras en este barrio, la de Doña Esmeralda es una de ellas. Desde la década del 1980 se viene celebrando el festival de la hamaca en San Sebastián (Casa Pepiniana de la Cultura 2011). Es posible que esto haya influido en la apreciación de este pueblo como uno hamaquero o cabe preguntarnos si el festival se celebra allí en efecto por ser este es el único nicho donde la tradición perdura. Lo cierto es que en este pueblo varias generaciones de pepinianos han tejidos hamacas. En el caso de Doña Esmeralda al menos cuatro  generaciones las han tejido: los abuelos paternos de Doña Esmeralda; sus padres; ella y su esposo; y sus hijos.

Las hamacas se han tejido de maguey y de algodón. En las últimas décadas el algodón ha prevalecido. Doña Esmeralda es de las pocas hamaqueras, sino la única, que aún en el siglo 21 hace todo el proceso de extracción de fibras de maguey y las utiliza para tejer hamacas.  En el año 2009 en una visita al Festival de la Hamaca nos percatamos de la presencia de muchos hamaqueros, pero al preguntar por hamacas de maguey nos contestaron que la “única que queda tejiendo maguey es Doña Esmeralda.” Nos dimos a la búsqueda de esta tejedora quien tiene ante sí el reto de ser la guardiana de esta tradición. Para la edición #31 del Festival en 2011 se presentaron más de 20 hamaqueros y nuevamente Esmeralda era la única con hamacas de maguey.   La nueva generación de hamaqueros ha abandonado el maguey pues “¡eso da mucho trabajo y no paga!”. Ellos no lo ven rentable, por lo que esta labor hamaquera con el maguey se está quedando en el olvido. En efecto el “sacar” fibra de maguey es laborioso y consume mucho tiempo,[9] por lo que este proceso no es compatible con la sociedad contemporánea donde la inmediatez impera. En efecto, todo este trabajo hace que el precio del producto final sea mayor y por lo tanto más difícil de vender. Utilizar hilo de algodón que se adquiere por rollos, ya listo para tejerlo en hamacas es más rentable y fácil para el hamaquero y por lo tanto más económico para el comprador. Esta ecuación ha dejado la tradición de tejer hamacas de maguey en peligro de extinción.  Aunque muchos hemos tenido una experiencia hamaquera no todos nos hemos mecido en una hamaca de maguey.

Aún la hamaca de algodón está teniendo problemas para venderse en las ferias artesanales. Los hamaqueros de la familia Pérez Morales mencionan que la introducción de hamacas del extranjero que se venden en las orillas de las carreteras de Puerto Rico ha jugado un papel importante en la disminución de las ventas. Estas hamacas muchas veces de tela de algodón (con los diseños de camuflaje, dibujos animados de moda, o de un solo color) no son tejidas con las técnicas tradicionales que usan los artesanos de la hamaca locales que han aprendido de sus antepasados. Las hamacas extranjeras se venden a un precio más económico que el que las puede vender un artesano local.   

 Doña Esmeralda, La tejedora

Los abuelos y los padres de Esmeralda tejieron hamacas de maguey. Nadie le enseñó. Ella como buena aprendiz, observó e imitó.  Buscó pencas,  las limpió, sacó las hebras, las lavó, las secó, las hiló en cabuyas y las tejió. En su casa no hay hamacas para el uso, las vende al igual que su padre, quien con un mazo de hamacas hechas por su familia se iba a San Juan a venderlas. Pero Esmeralda se queda en San Sebastián y desde el Barrio Robles las vende para subsistir. Doña Esmeralda es la única persona que queda en el pueblo trabajando el maguey. Su trabajo es un homenaje a todas las generaciones que antes que ella tejieron hamacas de maguey. También es un recordatorio para que lo tejamos en la memoria y contribuyamos a que no se olvide.    

 Doña Esmeralda nació como Leonarda Morales Acevedo en San Sebastián. En su niñez las plantas de maguey crecían por todas partes, se podían encontrar con facilidad para extraer la fibra de las pencas. Su padre, Antonio Morales Valentín, se echaba una cabuya y un machete al cinto y salía en busca de la planta. Con el machete cortaba las pencas que estuvieran en su punto de tener fibras fuertes. Con la cabuya las amarraba a cualquier árbol cercano y allí mismo extraía las fibras, luego al río a lavarlas, echarlas a un saco o amarrarlas a otra cabuya que llevaba al cinto para que se secaran mientras la búsqueda continuaba. De esta manera no tenía que transportar las pencas (grandes y con espinas) sino solo la fibra. A Esmeralda la acompaña su hijo Wilfredo “Pito” Pérez Morales. Tienen que ir en carro en ocasiones hasta fincas cercanas al Bosque Guajataca a buscar las pocas plantas de maguey que quedan. Ella ha establecido acuerdos con los dueños de las fincas para que le permitan pasar a recolectar las pencas. Ya en su casa, entre ella y Pito las preparan para extraer la hebra (fibra) y Esmeralda las raspa, las lava y las tiende a secar a sol. 

 Su madre, Jacinta Acevedo Hernández, hilaba la fibra para que el padre tejiera la hamaca. Esmeralda aún hila a mano humedeciendo levemente la fibra para crear la cabuya (hilo) con la que teje la hamaca. Con veinticinco brazas (medida de mano a mano con brazos extendidos) de cabuya hace un mazo de cabuya.[10] De cada mazo salen seis agujas para tejer[11] y hacen falta alrededor de 25 mazos para completar una hamaca de maguey.[12]

 Para poder tejer necesita una aguja donde enhebrar la cabuya. La aguja es de madera y la de Esmeralda, al igual que la de muchos otros hamaqueros del barrio, las hace su hijo Pito que es ebanista. Aprendió a hacer agujas con su padre.   

 Cundo su padre se iba a vender hamacas, la niña Esmeralda se metía en el telar a completar el tejido que se hubiera quedado sin terminar. Su padre encontraría con sorpresa la hamaca ya terminada. Hoy Esmeralda ubica el telar para sus hamacas en su cuarto para tenerlo bien cerca. Así, tan pronto se levanta o antes de acostarse a dormir, o cuando las tareas domésticas le dan un espacio, puede tejer. Primero “monta la hamaca” en el telar. Esto consiste en colocar la urdimbre[13] entre los dos postes que forman el telar. Una vez montada la hamaca, se enhebra  la aguja de madera con la cabuya[14] y comienza a entretejerla para formar la hamaca. Estas tareas son tan cotidianas en la vida de Esmeralda que no cuenta el tiempo que le toma tejer una hamaca. Con unas pequeñas tijeras va cortando todas las fibras que se han levantado durante el tejido, de esta manera la superficie de la hamaca queda más suave.       

 A montar la manilla[15] la ayuda María Heroilda, una de sus hijas. Con la manillera, una herramienta que desarrollaron para facilitar esta tarea, se colocan en su lugar los hilos de los cuales cuelga la hamaca. Ella también completa el tejido que refuerza la argolla o anilla que le da el punto final a la elaboración de la hamaca.  La hamaca de maguey tiene un brillo peculiar. Parece reflejar todo el conocimiento que han adquirido las manos que la tejen y las de sus antepasados que nos lo muestra en forma de hamaca. 

En el arte

Como ya indicamos las hamacas las tejieron y usaron las culturas precolombinas que habitaron nuestra región. Las primeras referencias que llegaron a Europa de las hamacas caribeñas fueron descritas en las crónicas. Hay varias ilustraciones que acompañan las crónicas o que se realizaron a partir de estas crónicas de los primeros europeos que participaron en la colonización de América. En varias de estas ilustraciones, como en la del texto de Gonzalo Fernández de Oviedo (1851-1855) se incluye la hamaca.  Estas podrían constituir una de las primeras veces que la hamaca se incluye en este tipo de arte.

En el siglo XX y tal vez por la necesidad de representar la realidad o tal vez por la necesidad de inmortalizar ciertas escenas que se estaban perdiendo, se realizaron obras con y sobre hamacas. El pintor Miguel Pou en su obra El Vendedor de hamaca  (1938) bien pudo estar representando al padre de Doña Esmeralda, quien las tejía y las vendía. En El coy, Samuel Sánchez nos enseña, a algunos por primera vez, esta hamaca especial para infantes que aún hoy Doña Esmeralda acostumbra a tejer. Los esposos Jack e Irene Delano, que no dejaban de sorprenderse con las maravillas de nuestra tradición y que no tardaron en utilizarlas e incorporarlas en su obra, produjeron tarjetas de navidad donde el coy y la hamaca fueron protagonistas. En una de estas tarjetas tres ángeles visitan al niño Jesús, quien duerme en un coy que cuelga entre dos palmas. Rafael Palacios, en su obra Siesta, presenta a una persona durmiendo en una hamaca. Aún en el siglo XXI la hamaca inspira al arte. Lissette Lugo en Mujer en hamaca (2004) coloca la hamaca en un entorno natural y a una mujer sobre ella, jugando así con el recuerdo y la nostalgia de las culturas precolombinas de nuestra región y con su uso aún en el presente. En la fotografía de Jessica Almy Pagán los bulbos del maguey son los habitantes de las hamacas que formaron parte de su propuesta hij@s del maguey (2009).

Podríamos decir que está en nosotros como “hijos del maguey” el que continuemos propagando su legado y manteniendo su memoria para que continúe la presencia del maguey y la hamaca por muchas generaciones. Tejámosla, fomentémosla, mesámosnos, disfrutémosla, enorgullezcámonos de haber mantenido un tradición tan larga y no dejemos que se nos deshile en las manos.     

 

Agradecimintos:

Este trabajo es parte del proyecto Tejiendo tradiciones: la hamaca de maguey dirigido y conceptualizado por Soraya Serra Collazo. El mismo no hubiera sido posible sin la colaboración de Leonarda “Esmeralda” Morales Acevedo y la Familia Morales Acevedo, tejedores de hamacas y herederos de la tradición. El auspicio del Fondo Puertorriqueño para el Financiamiento del Quehacer Cultural del Instituto de Cultura Puertorriqueña fue fundamental para que el proyecto pasara de la idea a la realidad. Agradezco infinitamente a Jessica Almy Pagán quien estuvo a cargo de la Fotografía documental del proyecto y mano derecha e izquierda en toda la coordinación de la exhibición que cerró (y abrió) el ciclo del proyecto. También mis agradecimientos a David Cruz Fonseca por compartir su ojo en realizar el video documental. Al Sr. Ramón M. Estrada Vega de la Casa Pepiniana de la Cultura por propiciar el contacto con Esmeralda.

A mi esposo Gadiel Rivera Herrera y mis hijos Mosi y Alek por su colaboración, apoyo y por compartir su tiempo en todo los aspectos de este proyecto desde la idea hasta que finalmente se hiciera realidad. También a mis padres Wenceslao y Nilda y toda la familia Serra-Collazo que siempre han sido apoyo y en especial para este proyecto. Wence, gracias como siempre por la revisión del texto.

Agradezco a Tamara Heartsill del Instituto de Dasonomía Tropical por su colaboración en la identificación de la especie de maguey que utiliza Esmeralda y por el asesoramiento científico. También a Jaime Pagán Jiménez, paleoetnobotánico, por la referencias de estudios de etnobotánica para el maguey en sitios arqueológicos y Reniel Rodriguez Ramos, arqueólogo, por ser receptores de mis preguntas e inquietudes sobre la poca documentación de los tejidos y el uso de maguey en el periodo pre-colonial caribeño.

La exhibición del proyecto de documentación, del cual este trabajo de investigación forma parte, no hubiera sido posible sin la confianza depositada en el proyecto por parte de los miembros de la Facultad de Humanidades que dirigen y colaboran con su Galería de Arte en el Recinto Universitario de Mayagüez de la UPR. La impresión de la fotografías se pudo realizar con éxito gracias a la colaboración del Departamento de Diseño e Impresión del Recinto de Arecibo de la UPR. Mis agradecimientos a Rebecca Vicens Sánchez por colaborar en el diseño de esta exhibición y a todos los que colaboraron en los diversos aspectos del proyecto.

 

Referencias consultadas

Alvarado-Rodríguez, Pedro y Mark T. Strong, ed.

2005 Monocotyledons and Gymnosperms of Puerto Rico and the Virgin Islands. Smithsonian Institution Contributions from the United States National Herbarium Volume 52: 1-415. Department of Botany National Museum of Natural History: Washington, DC

Cárdenas Ruiz, Manuel y Ricardo Alegría

1981 Crónicas Francesas de los Indios Caribes. Editorial Universidad de Puerto Rico: San Juan, Puerto Rico.

Casa Pepiniana de la Cultura

2011 31 Festival Nacional de la Hamaca 1-3 de julio de 2011. Casa Pepiniana de la Cultura: San Sebastián, Puerto Rico.

Departamento de Agricultura y la Autoridad para el desarrollo de la industria de la fibra de la República de Filipinas.

s.f. “Maguey” en www.fida.da.gov-ph/Templates/maguey_history.html (recuperada el 24 noviembre de 2011).

Drooker, Penelope B.

1992 Mississippian Village Textiles at Wickliffe. University of Alabama Press: Tuscaloosa, Alabama.

Feinman, Gary M., Linda M. Nicholas y Helen R. Haines

2002 “Mexico´s Wonder Plant” en Archaeology. Vol. 55 Number 5 Septiembre/Octubre.

Gilligan, Ian

2010 “The Prehistoric Development of Clothing: Archaeological Implications of a Thermal Model” en J Archaeology Method Theory (2010) 17:15–80.

McClung de Tapia, Emily, Javier González Vázquez, Judith Zurita-Noguera y Marí Carmen Serra Puche

s.f. “Evidencia para el uso del Agave SP durante el período formativo en el sur de la cuenca de México” en Antropología y técnica 5. Universidad Nacional Autónoma de México. México DF: pp99-144.

O’Neale, Lila M.

1949 “Weaving” en Handbook of South American Indians. Julian H. Steward, ed. Smithsonian Institution Bureau of American Ethnology. Bulletin 143: Washington D.C.

Rogers, George K.

2000 “A Taxonomic Revision of the Genus Agave (Agavaceae) in the Lesser Antilles, with an Ethnobotanical Hypotesis” en Brittonia, Vol 52. No 3 (Jul-Sept 200) pp. 218-233.

Rouse, Irving.

1992 The Tainos: Rise and Decline of the People Who Greeted Columbus. Yale University Press, New Haven, Connecticut.

Serra, Soraya

2004 Impressions of weaves: analyzing Impressions on Ceramics from Pre-Columbian Caribbean (La Hueca-Sorce Site Vieques, Puerto Rico). Unpublished M.A. Thesis, Department of Museum Studies: Costumes and textiles. S.U.N.Y. Fashion Institute of Technology. New York, NY.

Teague, Lynn

1998 Textile in Southwestern Prehistory. University of New Mexico Press: Albuquerque.

Trelease, Williams

1913 Agave in the West Indies. Memoirs of theNational Academy of Science Volume XI. Washington.

Zizumbo-Villareal, Daniel, Fernando González-Zozaya, Angeles Olaya-Barrientos, Rafael Platas-Ruíz, María Cuevas-Sagardí, Laura Almendros-López y Patricia Colunga-Garciamarín

2009 Archaeological Evidence of the Cultural Importanceof Agave spp. in Pre-Hispanic Colima, Mexico en Economic Botany, 63(3), pp. 288-302.

 


[1] El diccionario de la Real Academia Española (2001) indica que la hamaca “es una red…, por lo común de pita” (pita se utiliza para nombrar ciertas variedades de plantas amarilidáceas, grupo al cual pertenece el maguey).

 

[2] Comunicación con Tamara Heartsill, enero 2012

[3] Puede llegar a medir hasta 7 metros de altura (Acevedo-Rodríguez y Strong 2005).

[4] La presencia de cristales de oxalato de calcio y carbonato de calcio asociado a herramientas de lítica y/o concha son evidencia del uso de estas en el procesamiento del maguey (Teague 1998)

[5] En consulta con Jaime Pagan Jiménez, paleoetnobotánico, en el mes de febrero de 2011 indica que no conoce el que se haya reportado este tipo de evidencia hasta el momento.

[6] Según realizado por Esmeralda y su familia y observado durante la documentación de otoño de 2011 en el barrio Robles de San Sebastián, Puerto Rico.

[7] Comunicación de Carlos M. Dominguez Cristobal, historiador del Instituto de Dasonomía Tropical (diciembre de 2011)

[8] Archivo fotográfico, folio PRRA, Archivo Histórico Fundación Luis Muñoz Marín.

[9] Ver Drooker 1992 para un discusión en como estimar el tiempo en la elaboración manual de fibras.

[10] Esmeralda le llama mazo al grupo de cabuya/hilo enrollado que puede alcanzar a tener entre 40-50 yardas.

[11] Nos indica Esmeralda que una aguja para tejer comprende del hilo que pueda enhebrarse en una sola aguja. Según cálculos basados en una aguja enhebrada por Esmeralda y lista para tejer hay aproximadamente 7-9 yardas de cabuya/hilo en un aguja.

[12] Comunicación verbal Esmeralda Morales Acevedo, octubre 2011.

[13] Hilos que se colocan en el telar de forma paralela unos con otros para, al entretejerse con los hilos de la trama, formar una tela.

[14] Esmeralda llama cabuya al hilo que se entreteje con la urdimbre para formar una tela, esta se conoce como la trama del tejido.

[15] Nombre de los hilos de los cuales se cuelga la hamaca.