Indagaciones en nuestra herencia Taina

Rafael Garcia Bido

     Dominicanismos Tainos

      Ahora queremos referirnos a un conjunto de palabras verdaderamente interesantes. Unas pocas voces que acaso sin haber recibido para permanecer en el tiempo y en el uso el respaldo que da la escritura, han subsistido sin embargo, guardando su significación original o desplazando su significado a nuevas realidades o a un objeto conexo con su antiguo sentido.

     Naturalmente que no nos referimos a los llamados “tainismos” (una subclase de indigenismo), que son las palabras procedentes de la lengua de nuestros ancestros isleños que pasaron a formar parte del español desde las primeras décadas de la conquista americana, muchas veces desplazando en otras regiones del continente a las palabras autóctonas de esos lugares. A este grupo de palabras pertenecen, por ejemplo: ají, batea, bohío, cacique, canoa, caoba, caribe, ceiba, guayaba, guanábana, hamaca, iguana, maíz, nagua, tabaco, tiburón.

     Nos referimos a palabras que posiblemente estén en proceso de extinción en el momento actual, pero que no nos deja de maravillar como han sobrevivido por siglos en el uso popular y cotidiano. Estas voces tienen en común que por haber sobrevivido merced a la tradición oral, su proceso evolutivo es difícil de remontar y regularmente se ignora. 

     Consultados dos diccionarios de dominicanismos no encontramos allí la voz caco, con la acepción de cabeza, todavía usada en diversas expresiones de carácter peyorativo o burlesco, como decir: “caco e maco”, “caco e plomo”, cacón. No es muy conocido que el lenguaje de los taínos no solo era sintético porque muchas de sus palabras son una aglutinación de voces, sino también porque una misma voz significa varias cosas relacionadas. Ya vimos en un capítulo anterior como nonún era luna, mes lunar y noche. Fray Bartolomé de las Casas (1) recogió las expresiones buticaco y jeiticaco, con significación de ojos claros o azules y ojos negros. Así buticaco era el extranjero, el español. Es evidente, a partir de estos dos ejemplos, que la partícula caco aquí significa ojo. En el habla de los puertorriqueños se ha conservado la voz macacoa para designar somnolencia o pesadez del cuerpo. Recordemos que el sujifo ma (de mayaní – nada) implica negación. Entonces macacoa es como no tener ojos, o mucho mejor, no tener cabeza. “Se me está cayendo la cabeza del sueño” es expresión normalmente usada y en verdadque en el límite de la vigilia la cabeza se nos va hacia atrás o hacia delante o hacia los lados, en lo que también se llama “cabecear”. Es muy probable que en la lengua taína caco fuera no solo ojos, sino, como proponemos, también cabeza (como se ha conservado) y, acaso, cualquier parte de la cabeza.

     Can, actualmente una palabra que significa relajo, chercha, fiesta improvisada, coro (al decir de los más jóvenes). Ya Cambiaso, en su Diccionario publicado en 1916, la había recogido con la acepción de “lugar donde se cocina y se reúne gente”. Y efectivamente la significación original de esta voz se refiere a un lugar, el centro de algo, como en Cubanacán, la región central de la isla de Cuba.

     Chichí es palabra usada para nombrar a un niño de teta, a un bebé. He conocido a cuatro personas, de mi generación y de la generación anterior, que han conservado como apodo este nombre, Chichí, que era la palabra usado por los tainos para decir teta, pecho femenino, solo que sin el acento final, ellos decían chichi. Un dato que corrobora esta última afirmación es que en nuestra fauna tenemos un avecilla (Ploceus cucullatus) conocida ahora también como “madam sagá”, cuyo nombre taíno se ha conservado: chichiguao. La característica más visible de estas avecillas es que tienen el pecho (y todo el vientre) amarillo. Estaríamos tentados entonces a proponer la significación: chichi-pecho; guao-amarillo. Pero sería más correcto pensar en chichiguao, como “pecho de color” pues se ha conservado la palabra managuaco para designar a los animales que tienen manchas blancas en su piel.

     Chimicuí, no es una palabra tan usada como chichí, pero significa algo parecido: niño pequeño. No niño de teta, sino un niño que ya camina, un niño de dos, tres, cuatro años. El uso de esta voz tiene un toque despectivo. Esta palabra no está documentada ni siquiera en los diccionarios de dominicanismos a los que he tenido acceso. Pero su morfología delata su origen taino, en cuya lengua existen voces como: Bacuí y Casuí (ríos), Imizuí (una montaña) y chicuí (un pajarito-Todus angustirostris).

     Chin y chinchín tienen un uso extendido con significación de poco, pizca, porción insuficiente de algo, señalando no solo la material, sino también lo inmaterial. Si chin es poco, chinchín es menos todavía.

     Chinchilín es el nombre de un pequeño cuervo de nuestra isla que traemos a colación para introducir la palabra chimbilín, con significación  parecida a chimicuí, niño pequeño, pero esta expresando una noción de cariño y simpatía que no existe en la última. Y, lógicamente, es además por su morfología que la proponemos como una voz heredada de nuestros ancestros tainos.

     Gabiar o gabear es verbo que quiere decir subir, trepar. Procede de la palabra taína gabia, con significado de subir, ascender.

     Guay y guao o guau, son voces a las que ya le dedicamos un espacio al hablar de las palabras de identidad. Aquí solo queremos señalar que mientras algunos de estos dominicanismos taínos están en vías de extinción, la exclamación guao o guau es usada con una frecuencia que diría va en aumento, al extremo de que se oye en los  medios de comunicación (radio y TV) y además, y más importante para nosotros, también se la encuentra en la prensa escrita. Por ejemplo, el 24 de junio del año 2009, en la sección Deportes del periódico Hoy, página 5B, se da la noticia de un jonrón conectado por Carlos Peña, de donde cito:

     “El primer reporte dice que fue de 500 pies. “Waooo”, dijeron algunos jugadores.”

     Es de destacar la forma de escritura, donde la letra “w” ha desplazado la grafía “gu” con que tradicionalmente se ha representado ese sonido de la lengua taína.

     Guayar, usado tanto en República Dominicana como en Puerto Rico, equivalente a rallar, frotar un cuerpo, regularmente un tubérculo, en una superficie irregular para desmenuzarlo. Proviene de guayo una piedra abrasiva por la que se pasaba la yuca para hacer el casabe.

     Jacho, pedazo de madera encendida que usaban los taínos para alumbrarse, tea, antorcha. Si bien su uso está desapareciendo con la modernidad, su imagen es símbolo del Partido Revolucionario Dominicano, “el partido del jacho prendío”, fundado por Juan Bosch, quien posiblemente haya acuñado la frase.

     Mamey es palabra que designa a un árbol autóctono (Mammea americania), frutal y maderable. No se debe confundir con el zapote que tiene su fruto alargado, mientras el mamey es redondeado, esférico. Su fruto fue muy apreciado por los conquistadores españoles. Así lo hicieron constar Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de las Indias (Libro Octavo, Capítulo XX) y Bartolomé de las Casas (Apologética Historia Sumaria, Capítulo XII), que lo compararon, con ventaja, con el melocotón y el durazno. El dominicanismo es usar esta voz para designar el color anaranjado.

     Mocato, voz que se aplica al alimento en descomposición, también a su olor o sabor. Por extensión a cualquier cosa caduca. La terminación ato en la lengua de los taínos indicaba estado, a la manera del participio castellano. Pedro Mártir (2) recogió un pequeño dialogo donde aparece el vocablo cinato, por irritado, molesto. Oviedo (3) por su parte dio cuenta de manicato, con significación de esforzado, de buen ánimo.

     Auyama, así se conoce en República Dominicana a la calabaza, el fruto de un arbusto de la familia de las cucurbitáceas. Este fruto al parecer no existía en la isla a finales del siglo XVI pues no fue recogido por ninguno de los cronistas de aquel momento, pero el nombre morfológicamente es compatible con  la lengua taína donde conocemos, por ejemplo, la voz yayama, una variedad de piña, o Viajama, una sierra en la provincia de Azua.

(1) Las Casas, fray Bartolomé de; Historia de las Indias (5 tomos), Madrid, 1875 y 1876. Vol.

V, págs. 410 y 488. citado por Emilio Tejera en Indigenismos; Sociedad Dominicana de

Bibliófilos, Santo Domingo, 1977, artículo buticaco.

(2)  Martir de Anglería, Pedro; Décadas del Nuevo Mundo, Sociedad Dominicana de Bibliófi-

los, Santo Domingo, 1989, traducción del latín de Agustín Millares Carlo, pág. 359-360.

(3) Fernández de Oviedo, Gonzalo; Historia General y Natural de las Indias, Madrid, Real    

Academia de la Historia, 1851, Libro XVII, Cap. 2; Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:        

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