El Rito de la Cohoba

 

La comunicación de los taínos con el más allá ©

Dr. Sebastián Robiou Lamarche

 

      El rito de la cohoba parece haber sido la principal ceremonia de los llamados taínos que ocupaban las Antillas Mayores al momento de la llegada del europeo. En efecto, el término “cohoba” se aplicaba tanto al ritual como a la semilla pulverizada del árbol del mismo nombre (Anadenanthera peregrina), la cual posee propiedades alucinatorias o psicotrópicas que alteran la percepción de la realidad. Al inhalar el polvo de la cohoba por medio de un instrumento en forma de “Y”, se lograba alcanzar una especie de trance, un estado alterado de conciencia, por medio del cual creían recibir el mensaje de los cemíes.

Conviene aclarar que la cultura taína fue el resultado de un largo proceso de adaptación al ecosistema de las islas y de una serie de interacciones ocurridas durante siglos entre diversos grupos humanos de las Antillas y el continente. La estructura social estaba sustentada en una incipiente clase social dominante encabezada por el cacique, quien regía el poder político, económico y religioso de la sociedad. Este nivel de desarrollo es llamado por lo antropólogos “jefatura”, en inglés “chiefdom”, equivalente a nuestro cacicazgo. La evidencia arqueológica e histórica de igual manera demuestra que la ideología caciquil se imponía en las islas antillanas por medio del ceminismo o culto a los cemíes, uno de los principales objetos del arte taíno (Robiou, 2003).    

Los taínos creían firmemente que el cacique se comunicaba con los seres sobrenaturales encarnados en las figuras de los cemíes por medio de la cohoba. De allí que la tríada “cemí-cohoba-cacique” legitimaba el poder social, político y religioso del cacicazgo, según hemos expuesto en mi libro Mitología y religión de los taínos. De hecho, la autoridad del cacique variaba con la cantidad y poderío adjudicado a los cemíes que poseyera, los cuales otros caciques buscaban adquirir por hurto o guerra. La conexión con las divinidades, por lo tanto, era parte esencial del dominio caciquil.   

      A todo esto hay que añadir que el cemí era un objeto sagrado guardado, custodiado y venerado en el caney, el templo y vivienda del cacique. Y sobre todo hay que reiterar que el cemí no era la simple representación material o simbólica de tal o cual deidad taína. No. En la figura del cemí se preservaban los espíritus de aquellos seres sobrenaturales y héroes culturales que habían vivido en el tiempo de la creación, los cuales constituían ahora los personajes de la mitología taína transmitida oralmente de generación en generación por medio de la ceremonia del areíto. Es decir, para el pensamiento animista taíno los cemíes albergaban los espíritus de un pasado mítico y por ello les rendían culto ofreciéndoles las primicias de las cosechas (Robiou, 2006)  

Tal vez para comprender mejor lo antes dicho, conviene recalcar la conceptualización entre el tiempo pasado y el tiempo presente en el pensamiento indígena.

Por ejemplo, el antropólogo Pierre Clastres dice:

 

El pensamiento indígena sitúa a los ancestros en un tiempo anterior al tiempo, en un tiempo en el que se desarrollan los acontecimientos que relatan los mitos. Este es el tiempo primordial en el que tienen lugar los diversos momentos de la fundación de la cultura y de la institución de la sociedad (Investigaciones en antropología política, 2001: 74).

 

A su vez, Mircea Eliade, estudioso de las religiones comparadas, establece dos tipos de tiempo, el sagrado-mítico y el profano-actual, este último sacralizado a través de los rituales. Así escribe en su famosa libro Lo sagrado y lo profano :

 

El hombre religioso vive en dos clases de Tiempo, de los cuales el más importante, el Tiempo sagrado, se presenta bajo el aspecto paradójico de un Tiempo circular, reversible y recuperable, como una especie de eterno presente mítico que se reintegra periódicamente mediante el artificio de los ritos. (1979: 74).

 

Y citando al etnólogo Claude Lévi-Strauss, el historiador Jacque Le Goff en su obra Pensar la historia anota:

 

Es característico del pensamiento salvaje ser intemporal, quiere capturar el mundo como totalidad sincrónica y diacrónica. El pensamiento salvaje establece mediante mitos y rituales una peculiar relación entre pasado y presente. La historia mítica presenta la paradoja de estar simultáneamente aparte y enlazada respecto al presente. Gracias al ritual, el pasado del mito se articula por un lado con la periodicidad  biológica y estacional, por otro con el pasado que une a los muertos y los vivos a través de todas las generaciones (1997: 180).

 

De manera similar, el cemí taíno, al encarnar el espíritu de los ancestros, manifiesta la  dicotomía entre los dos tipos de tiempo: el tiempo mítico y lejano cuando ocurrió la Creación y el tiempo histórico y actual cuando, por medio de ritos como la cohoba, el pasado se hace presente. El cemí establecía, pues, un peculiar vínculo diacrónico-sincrónico entre ambos tipos de tiempo. Dicho en otras palabras, el cemí entrelazaba la época sagrada de los orígenes controlada por los seres sobrenaturales con la época actual regida por el cacique. De allí que el cemí unifique lo imaginario con lo real. De tal modo que cuando se celebraba el rito de la cohoba, se establecía un presente mítico que permitía al cacique comunicarse con las divinidades de antaño contenidas en las figuras de los cemíes. Sin duda, pues, el cacique era el poderoso intermediario entre la sociedad taína y el más allá.    

           

Dicho todo lo anterior, veamos ahora, en tiempo real, lo que escribieron los cronistas españoles que presenciaron la ceremonia de la cohoba. El primero en describirla fue fray Ramón Pané, un catalán de la orden de San Jerónimo que llegó a la Española en el segundo viaje de Colón. Hacia finales de 1498 terminó de escribir su Relación acerca de las antigüedades de los indios, resultado de las indagaciones sobre las creencias de los taínos efectuadas en dicha isla. Por el momento, no podemos entrar a considerar las peculiaridades de esta valiosa obra; sólo cabe decir que gracias a Pané, hoy conocemos ciertos ritos y parte de la mitología taína irremediablemente perdida.

En cuanto al ritual que nos concierne, escribe:

 

Y, cuando quieren saber si alcanzarán victoria contra sus enemigos, entran a una casa en la que no entra nadie más que los hombres principales. Y el señor de ellos es el primero que comienza a hacer la cohoba y toca un instrumento; y mientras hace la cohoba, ninguno de los que están en su compañía habla hasta que el señor ha concluido. Después que ha terminado su oración, está un rato con la cabeza baja y los brazos sobre las rodillas, luego alza la cabeza, mirando al cielo, y habla. Entonces todos les responden a un tiempo y en voz alta; y habiendo hablado todos, dan gracias, y él narra la visión que ha tenido, ebrio con la cohoba que ha sorbido por la nariz y se le subió a la cabeza. Y dice haber hablado con el cemí, y que conseguirán victoria, o que sus enemigos huirán, o que habrá gran mortandad, o guerras, o hambre u otra cosa tal, según que él, que está borracho, dice que recuerda (Pané, 1977:42)

 

Años más tarde, el fraile dominico Bartolomé de Las Casas, llamado el Apóstol de Las Indias por su decidida defensa del indígena, anotaría su versión de la ceremonia presenciada:

 

Yo los ví algunas veces celebrar su cohoba, y era cosa de ver como la tomaban y lo que parlaban. El primero que la comenzaba era el señor, y en tanto él la hacía todos callaban; tomada su cohoba (que es sorber por las narices aquellos polvos), y tomábase asentados en unos banquetes bajos, pero muy bien labrados, que llamaban duhos, estaba un rato la cabeza a un lado vuelta y los brazos puestos encima de las rodillas, y después alzaba la cara hacia el cielo hablando sus ciertas palabras, que debían ser su oración a Dios verdadero, o al que tenían por dios; respondían todos entonces casi como cuando nosotros respondemos ‘Amén’; y esto hacían con grande apellido de voces y sonidos, y luego dábanle gracias, y debían decirle algunas lisonjas, captándole la benevolencia y rogándole que dijese lo que había visto. Ėl les daba cuenta de su visión, diciendo que el cemí le había hablado y certificado buenos tiempos o adversos, o que habían de haber hijos, o que se les habían de morir; o que habían de tener alguna contención o guerra con sus vecinos, y otros disparates que a la imaginación, estando turbados de aquella borrachera, le venían, o por ventura, y sin ella, el demonio, para los engañar e introducir en ellos su culto, les habría traído (Pané, 1977:113).

 

En ambos documentos se describe la ceremonia efectuada de manera muy similar. Ambos autores, testigos oculares del ritual, utilizan el término “señor” para referirse al cacique, reafirmando así la jerarquía de la sociedad taína. Al cacique, Pané le adjudica tocar un instrumento, mientras Las Casas menciona el duho en el cual se sentaba. Uno y otro, desde su perspectiva cristiana, denotan el carácter solemne y religioso del ritual. Pero sobre todo aflora el propósito principal de la ceremonia: la cohoba permitía conocer el futuro por medio de los cemíes. O sea, la cohoba era un ritual eminentemente oracular.

Considerado como un medio de comunicación con los espíritus del más allá, el rito de la cohoba permitiría sugerir la existencia de una serie de paralelismos con otras prácticas filosóficas y espirituales existentes en diversas épocas. Sin embargo, sobresale un rasgo divergente y distintivo: los espíritus que se manifestaban durante la ceremonia no eran de personajes desencarnados en el tiempo histórico como en el Espiritismo, tampoco eran de taínos fallecidos, sino de seres míticos que habían existido en un tiempo remoto y que ahora estaban personificados en los cemíes que predecían el futuro. Por lo tanto, el pensamiento taíno implantaba una continuidad entre el pasado mítico y el presente histórico, una convergencia diacrónica-sincrónica.

Ahora bien, si la ceremonia de la cohoba tenía como propósito conocer el futuro, significa que para el taíno el porvenir estaba ya predeterminado y podía ser revelado por los poderosos cemíes. Acaso por ello desde un principio los españoles fueron considerados “venidos del cielo” o hasta “inmortales”; es decir, seres enviados de los dioses, pues su presencia en un mundo pre-establecido en el remoto pasado mítico no podía explicarse de otra manera.

De allí que la inesperada y sorpresiva llegada del europeo debió de proyectarse al pasado en forma de presagio, ya que para el taíno el pasado mítico dominaba al presente. Fue así como el futuro de los taínos fue predicho en una impresionante visión profética que ritualmente experimentó el viejo cacique Cáicihu, según lo registró fray Ramón Pané:  

 

 

Y dicen que este cacique afirmó haber hablado con Yucahuguamá, quien le había dicho que cuantos después de su muerte quedasen vivos, gozarían poco tiempo de su dominio, porque vendrían a su país una gente vestida, que los habría de dominar y matar, y que se morirían de hambre. Pero ellos pensaron primero que estos habrían de ser los caníbales; más luego, considerando que estos no hacían sino robar y huir, creyeron que otra gente habría de ser aquella que decía el cemí. De donde ahora creen que se trata del Almirante y de la gente que lleva consigo (Pané, 1977:48).

 

Sin duda, aquellos venerados cemíes conocían la historia del futuro. 

 

 

© SRL, 2013

 

Bibliografía:

 

Casas, fray Bartolomé de Las

          1909  Apologética historia de las Indias. Madrid. Citas en Pané (1977).

Clastres, Paul

          2001  Investigaciones en antropología política. Barcelona: Gedisa.

Eliade, Mircea

          1979  Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Editorial Labor.   

Le Goff, Jacques

          1997  Pensar la historia. Modernidad, presente, progreso. Barcelona: Paidós.

Pané, fray Ramón

1977            Relación acerca de las antigüedades de los indios. Versión de José Juan Arrom. México: Siglo XXI.

          Robiou Lamarche, Sebastián

2003            Taínos y Caribe, las culturas aborígenes antillanas. Prólogo por Ricardo E. Alegría. San Juan: Editorial Punto y Coma.

2009            Mitología y religión de los taínos. Prólogo por José Juan Arrom. San Juan: Editorial Punto y Coma.